En la temporada 2012-2013, el Girona estaba en una encrucijada. Tras una campaña anterior marcada por la lucha por la permanencia, el equipo necesitaba encontrar un nuevo impulso. La llegada de jugadores clave como Cristian Stuani y la solidez defensiva de la plantilla comenzaron a forjar un nuevo camino. Sin embargo, no todo fue fácil; el club enfrentó adversidades, incluidos cambios en la dirección técnica y lesiones que pusieron a prueba la moral del equipo.
A lo largo de la temporada, el Girona mostró un espíritu indomable. Los aficionados, conocidos como los Blanquivermells, llenaron Montilivi cada partido, creando un ambiente electrizante que empujaba a los jugadores a dar lo mejor de sí. Las victorias en momentos clave, como un triunfo memorable contra el Real Madrid, comenzaron a cimentar la creencia colectiva de que el ascenso era posible.
El clímax de esta campaña llegó en la jornada final, donde el Girona se encontraba en la lucha por los puestos de ascenso. Con la presión en su punto máximo, el equipo logró un empate en un emocionante partido que selló su destino. El pitido final fue recibido con una explosión de alegría por parte de los aficionados, quienes celebraron no solo el ascenso al fútbol profesional, sino también el viaje de superación que habían vivido juntos. Este momento no solo consolidó el lugar del Girona en el fútbol español, sino que también dejó una huella imborrable en la historia del club y en el corazón de sus seguidores.
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